La guerra contra los pobres - Pablo López
  • Pablo López Guelli
  • 13 Oct 2021

La guerra contra los pobres

El periodista y autor del documental «A nossa bandeira jamais será vermelha», Pablo López Guelli, desentraña los vínculos del poder político-económico y los medios de comunicación en Brasil: el elefante en la habitación de las democracias latinoamericanas.

El Estado brasileño es el motor de un apartheid social, donde 5 brasileños tienen un patrimonio equivalente a la mitad de la población (105 millones de personas). Brasil es el noveno país más desigual del mundo, pero con la mayor concentración de renta en el 1% más rico. Los números son similares a los de la Francia del siglo XIX, cuando Victor Hugo escribió “Los Miserables”.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Esa misma concentración está presente en otros segmentos de la sociedad. Uno de ellos es la prensa. De acuerdo con la ONU, Brasil tiene «la mayor concentración de medios de comunicación del mundo occidental».

Es un dato contundente. Aunque la frase suene un poco académica, es real y evidente como una catedral: si vienes a Brasil, tendrás la impresión de estar en un país gobernado por un monarca que detenta el control de todos los canales de TV, radios, revistas, periódicos, sitios de internet, productoras de cine. Todo.

Y no será solamente una «impresión», porque ese monarca existe: se llama TV Globo, el grupo creado por la dictadura militar para ser el portavoz del régimen que duró 21 años.

Vayas por donde vayas, siempre vas a ver una televisión encendida en la misma cadena, transmitiendo la misma información. Los periódicos tendrán siempre la misma portada, las mismas fotos, y sus periodistas tendrán la misma opinión: están de acuerdo o en contra, pero siempre en bando, como los pájaros. Caminar por las calles de Río de Janeiro, donde la Globo es omnipresente, es como estar en una especie de sueño. Una pesadilla, más bien.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Los otros grupos de prensa tienen un perfil parecido: fueron todos, sin excepción, familias asociadas a la dictadura militar. Hoy cumplen el papel de portavoces de ese selecto grupito que disfruta de la mayor desigualdad social del planeta. Hacen el trabajo de un capataz informativo que mantiene la escoria bajo control: vigilando, domesticando y criminalizando el pensamiento crítico y los movimientos sociales.

Tardé unos años en darme cuenta de cómo funcionan las estructuras del poder en Brasil. Como se dice por aquí: «No es un país para principiantes». No. Hay que estar muy atento para comprender algunas cosas. Pero hoy en día, gracias a la junta de dementes que gobierna el país, se le comprende mejor. La disfunción social e institucional es evidente – como un cadáver abierto en que se puede ver el tumor atacando a los órganos.

La analogía es pertinente porque hacer esta película ha sido un proceso de cura. Aunque sigo indignado, ya no siento rabia como antes, cuando sabía que había algo raro… pero no me daba cuenta. Durante los 4 años que duraron las grabaciones, me dediqué a trabajar ese sentimiento, hasta que por fin salió esa especie de «grito de los excluídos». Lo veo como el «otro lado», que estudié en la universidad. El profesor decía:
«¡El buen periodista tiene que escuchar el otro lado de la historia!».
Pues bien, ahí está.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Me licencié, trabajé en la prensa local y me fui de Brasil. Viajé por todo el mundo, durante varios años, y pasé por diferentes medios de comunicación. Trabajé como corresponsal, estudié relaciones internacionales, cine documental, guión.

Durante ese período me fui percatando de que «el otro lado» – los sin voces, los excluidos y humillados – representaban la inmensa mayoría de la gente. Pero curiosamente esa misma mayoría no aparecía tanto en los periódicos. ¡Y encima cuando aparecía los ponían a parir!

Desde un punto de vista mediático, las cosas parecían estar al revés: los oprimidos eran transformados en terroristas; la mentira deja de ser mentira cuando es contada por el vencedor; Sadam Hussein era bueno y útil, pero de golpe pasó a ser muy malo.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Volví a Brasil con un sentimiento de «hay algo que no encaja» – y esa sensación me llevó a observar a la prensa local con mucha atención.

Yo estaba en Brasil durante las protestas populares de 2013 y me quedé asombrado cuando vi cómo los medios crearon una versión completamente diferente de lo que estaba sucediendo. Fabricaron un cuento, con héroes y villanos, atropellando todos los principios básicos del periodismo.

La TV Globo, por ejemplo, ordenó a sus reporteros que convocasen a la población para las protestas contra la ex presidente Dilma Rousseff. Enviaron la gente a la calle como un pastor que conduce a un rebaño de ovejas. Su principal telediario, el Jornal Nacional, visto diariamente por más de 100 millones de personas (!), funcionó como seña para una tempestad mediática nunca antes vista, modulando la intensidad del chaparrón de acuerdo con el momento.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Si la tensión política se enfriaba, prontamente aparecían la Globo, sus periodistas adiestrados y sus cachorros menores (revista Veja y periódico Folha de São Paulo) con nuevas bombas semióticas. Shock and awe.

Poco a poco, la población estaba segura de que el gobierno de Dilma era el más corrupto del planeta – quizá del universo. Y que el problema no era el sistema político brasileño: era únicamente el Partido de los Trabajadores (PT), un partido que se autodenomina «de izquierda» y que por primera vez en 500 años gobernaba el país.

La falsa narrativa envenenó la sociedad, llevando al golpe de Estado de 2016 y después directamente al fascismo, en 2018. El PT era el verdadero cáncer que tenía que ser eliminado, y así fue. En el procedimiento mataron también al paciente – el propio país – pero eso es un detalle. Quienes pagan la cuenta son los de abajo, así que ¿qué más da?

Desde que el Brasil se auto inmoló, en 2016, las acciones del Estado contra los periodistas han aumentado rápida y ferozmente: una consecuencia natural de los estados de excepción. Uno de los principales protagonistas de la película, Gleen Greenwald, por ejemplo, fue tratado como criminal por Bolsonaro y estuvo a punto de ir a la cárcel.

«Nuestra bandera jamás será roja» (2019)

Actualmente los periodistas enfrentan situaciones que remontan a la época de la dictadura. Y a veces peor, con ataques en vivo y directo por parte del presidente y de sus secuaces.

La misma prensa que ayudó a enterrar al que un día supo ser uno de los más importantes países en desarrollo, hoy sufre las consecuencias de sus decisiones. De hecho, todos los brasileños lo sufren, y muchos más sufrirán, y por muchos años aún.

Incluso hay que ir más lejos: si miramos lo que está ocurriendo ahora mismo en la Amazonia, el más grande regulador del clima del mundo, queda claro que toda la humanidad está sufriendo por las estupideces de unos cuantos.

Es un verdadero escarnio que, en pleno siglo XXI, un puñado de blancos, ricos y viejos siga destrozando el planeta para mantener los privilegios de unos pocos adinerados.

Todo dicho, esta es la primera vez que una película denuncia las tácticas de manipulación y la concentración de medios en Brasil. Utilicé todos mis recursos y habilidades para sacar a la luz esta historia y compartirla con el mundo. Y ha valido la pena.

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